From a recent Internet discussion

24 09 2009

daguerre

I decided to share part of this with the “general public”:

…I can hardly gel this religion with the rather tame faith of post-Vatican II Catholicism. What the changes of modern Catholicism articulate for me is that the traditional Roman Faith has always been a hodge-podge of official, “clericalized”, theologically correct beliefs and practices, as well as equally important, pagan, “folk” elements. You can try to justify all this stuff with just the Bible, or with the Bible and Patristics, but what you will get is exactly what we inherited in the last half century: a reductionist, bland, modern faith of people obsessed with proof-texting every last belief and practice of the Church; people who in order to see the forest from the trees, begin chopping down a large number of trees they think “get in the way”. Lord, forgive them, for they know not what they do.

I suppose my studies of paganism and Neoplatonism have helped me understand my Faith better. I’m sort of Jack Chick’s evil doppelganger. I realize now that what modern people, even modern Catholics, deem “pagan” is a historically conditioned category. That is just how people have always acted; it is just how people do things. This is quite clear to me in my limited studies of Protestant “folk systems”: even good Protestants of the past read astrology charts, did all sorts of conjuring using the Psalms, and even had the occasional “folk saints” who could be called upon for help (the Kabala-inspired angel magic of the Sixth and Seventh Books of Moses comes to mind, a favorite in the deep South, as well as the figure of “High John the Conqueror” amongst African-American Protestants.) When approaching the text of the Bible, we tend to bring to the table our own very sterile and embedded prejudices that the average first century Jew was basically a liturgical Quaker who shared the same cosmology as Richard Dawkins, only with a light sprinkling of “God” on top. This was probably not the case.

Protestants seem to think that Catholics have added on to what the early Church believed; Catholics retort that Protestants have taken away from what the early Church believed. I am sort of starting to think, just from my own religious anthropological investigations, that perhaps no one believes what the early Church believed, and that is perhaps not such a bad thing. The Shepherd of Hermas? Millenarianism? People speaking in tongues and St. Peter making people drop dead just for “lying on their tax returns”? Seven years canonical penance for adultery? And that is just from the paltry documental evidence we know about. Who knows what those first assemblies of believers were really like? Newman quipped that to be deep in history is to cease to be Protestant. I reply that to be deeper in history is to cease to be anything. And pace Newman, to have changed often does not mean that one is perfect. It merely means that one is mortal.

Perhaps I am too subtle or too honest to be on the Internet. I can say, however, that many Catholics take great solace in what I write… So in the end, at least with some of the stuff I write, I am helping a lot of Catholics out. But I do so not by engaging the enemy “on his own terms”… but by trying to argue for Catholicism within the safe confines of its own inner logic. If we were just faithful to who we are, even in our most “pagan” elements and “man-made” traditions, I am convinced that the Gospel will shine forth in all its splendor to the point that we will not have to argue for the Truth: it will be manifest through the Church. I know this because I have seen it myself, and am confident that we don’t need to change one iota of it to make it any more convincing. It has always been my contention that few can “prove” the Truth effectively, but many, even simple people, can SHOW it.


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11 responses

1 10 2009
john harmatolos

I hate to use another nasty Greek word: mystagogia, but think that that’s what you’re talking about above.

27 09 2009
df

Agradezco de veras que haya tomado el tiempo para entrar en esta conversación. Me parece importante iniciar en la Iglesia un dialogo más real sobre el dinamismo de la cultura moderna. Estoy de acuerdo sobre la necesidad de superar la pobreza de una teología limitada por una antropología anémica, o sea, una antropología que no toma en cuenta la grandeza del instinto popular – religioso. Creo que el Papa Benedicto XVI nos está diciendo que el hombre súper-secularizado moderno, empezando con rechazar la validez del instinto religioso, termina con abandonar su propia razón. Pero quisiera insistir que la credibilidad del cristianismo también tiene que ver con expandir el uso de una “lógica cristiana” (hablando al estilo de Von Baltazar), en evaluar las manifestaciones particulares del sentido religioso popular. Esta “lógica cristiana” propone una antropología saturada con el vigor de la fe en la Encarnación del Hijo de Dios. La Encarnación confirma que los anhelos de los antiguos, y de los no-cristianos, tienen su propio valor: aunque se equivoque el ser humano en alcanzar sus mejores deseos religiosos, no se equivoca en buscarlos. El Dios que nos creó con el deseo de encontrar la verdad no nos abandona en la búsqueda. Al contrario, viene a nuestro encuentro el mismo Dios, y en Jesucristo reconocemos la cara del que estábamos buscando. (De Lubac, aunque identificado con la “nueva teología”, hizo grandes contribuciones en esta línea.)

Al riesgo de sobrecargar la paciencia de usted, permítame citar una pequeña parte de un discurso que pronuncié hace un año. Tiene que ver con la trasmisión de la fe, precisamente in contexto moderno: “Los padres y los abuelos de nuestra juventud guardan una memoria de lo que significa, a nivel de vida, las devociones del pueblo. Pero no se trasmite con el mismo sentido o profundidad en el hilo súper-secularizado de los Estados Unidos. Por esta razón me parece de suma importancia integrar en la catequesis, la enseñanza sobre la historia de Guadalupe, o la tradición del Cristo Negro de Guatemala, o la Virgen de la Divina Providencia en Puerto Rico, etc. La catequesis no se trata solamente de proporcionar datos, sino que se trata de trasmitir el sentido vivo de la doctrina. Esto puede suceder, por ejemplo, cuando el entendimiento junto con el amor se manifiesta en la fiesta parroquial. De propósito, tenemos que enseñar lo que significa aquello que celebramos por medio de la procesión y la convivencia, los cantos y la comida de la parroquia. Tocando este punto, quiero proponerles algo poco notado en la literatura sobre la devoción popular latinoamericana. La devoción a La Virgen, al Niño Jesús o al Cristo Crucificado, las procesiones con el Santísimo…, en fin, todas las formas tradicionales que dan expresión en nuestras culturas de los sentimientos religiosos de los fieles, — todas tienen que ver con mantener vivo el contacto concreto con la realidad del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Al fin y al cabo, este es el misterio central de la fe Católica, y debemos luchar con todas nuestras fuerzas para que el pueblo mantenga su enfoque realista sobre el misterio. A mi parecer, si hay una tentación predominante en la cultura dominante de la iglesia en los Estados Unidos, es la de reducir a Jesús a una idea abstracta, despojado de su realidad de carne y hueso. Nuestros jóvenes llegan a los Estados Unidos convencidos de que Dios se hizo hombre. Si no les trasmitimos el sentido profundo de las tradiciones populares, con el tiempo los jóvenes pierden este realismo, y la persona de Jesucristo se va reduciendo en la conciencia del joven.”
df

26 09 2009
Arturo Vasquez

df,

Gracias por esa explicación sobre los principios teológicos que tienen su raíz en la patrística y la filosofía medieval. En verdad, resume muy bien el punto de vista tradicional del cristianismo acerca del sincretismo y el proceso de asimilar elementos paganos en el sistema de la creencia católica-cristiana. En cierto sentido, estoy completamente de acuerdo. Un amigo mío, un ex – colega del seminario, hizo una crítica muy obvia de mis investigaciones antropológicas cuando tratan de la religión popular de Latinoamérica: me escribió que todas esas tendencias tienen que basarse en la verdad. Y obviamente, uno no puede disputar esa observacion. Muchas manifestaciones del catolicismo popular tienen una apariencia bastante perversa y casi diabólica en cualquier interpretación. Como Ud, Monseñor, trabajó mucho en Tejas en el apostolado, y cerca de la frontera, sin duda conoce muy bien los fenómenos de la Santa Muerte, Jesús Malverde, y todos tipos de brujería que en verdad se burlan del cristianismo.

Tal vez la única razón que no me meto en polémicas apasionadas contra esas tendencias es porque estoy tratando de entenderlas, no con un criterio que rehúsa en “probar los espíritus”, pero con un conocimiento que sabe que el misterio del cristianismo entrando en la modernidad no es algo que uno puede comprender solamente por acudirse a unos argumentos que ya no tienen resonancia. Es decir, que el instinto primero del hombre moderno es dudar, y eso, por supuesto, viene de Descartes, y aún más temprano, pero cuando los teólogos modernos tratan de estudiar el pasado, no se dan cuenta de sus propios prejuicios que se forman más en la filosofía moderna y el pensamiento político liberal que el pensamiento antiguo cristiano. Para mí, esto se manifiesta muy bien en los ataques de la “nueva teología” contra el catolicismo popular que era la norma antes del Concilio Vaticano Segundo (aún departe de los clérigos conservadores) . En vez de tratar de aumentar la religiosidad del pueblo, los seguidores de estas ideas trataron radicalmente de cambiar esta religiosidad para ponerla de acuerdo con sus teorías innovadoras. Escribí acerca de este fenómeno en este ensayo acerca del culto de los santos en un pueblo en México.

Algunos me han acusado de ser un partisano de la “discontinuidad”, pero creo que uno no puede disputar el hecho que la base cosmologíca, metafísica, y devocional del hombre moderno ha cambiado bastante aún en las últimas décadas. La manera en que el hombre, especialmente en el “primer mundo”, ve al misterio de Dios, del cosmos, y cómo el hombre se relaciona con esos dos misterios ya no es la misma en que nuestros antepasados en los ranchos de México, los campos de Italia, o aún las ciudades de las escuelas medievales de teología tuvieron. Y esa es la razón, quizás, que la Iglesia está perdiendo feligreses en América Latina, Europa, y aún aquí en los Estados Unidos. No es una simple falta de catequesis o de instrucción bíblica, sino un problema estructural de la institución eclesiástica y de la teología cristiana. Si la Iglesia no puede crear una apologética más profunda, más orgánica, de sus prácticas institucionales, devocionales, y filosóficas, se va a volver muy pronto a un anacronismo. Quizás las puertas del infierno no prevalecerán, pero la Iglesia se convertirá en una voz apacible y delicada, casi muda.

Pero probablemente estos son mis dudas solamente. Quizás las cosas no son tan graves como pinto aquí. Pero para mi, la teología tradicional y la estudia patrística solamente son una partes de la respuesta, y tal vez no las más importantes. Quizás las cuestiones más relevantes tienen que ver con qué significa ser un ser humano, viviendo en el medio de la historia y el cambio social, qué significa la jerarquía (como un concepto metafísico), que significa vivir en un “cosmos”, etc. Y las respuestas, para mi, no se encuentran solamente en las facultades de la filosofía y la teología, pero también en como la gente piensa y cree, sometido, por supuesto, al criterio de la razón humana, pero no a la hermenéutica escéptica que domina aún muchos pensadores “religiosos”.

25 09 2009
df

Agradezco muchísimo que me haya referido al texto de su ensayo previo. Me encantó la amplitud de la discusión ahí señalado. Admiro su capacidad de lectura, de comprensión, y de explicación. Sin embargo, me parece importante subrayar que el realismo Católico implica la necesidad de un juicio teológico sobre el contenido de las expresiones y costumbres religiosas que van formando el tejido de una cultura recibiendo el Evangelio. Tales juicios surgen en momentos concretos-históricos, y a veces con mucha rapidez. Los cristianos en la antigüedad rechazaron inmediatamente la práctica común del infanticidio, así como los misioneros españoles suprimieron la religiosidad basada sobre el culto del sacrificio humano. La fe acepta lo bueno y lo purifica, y rechaza lo que no puede salvar como expresión autentica de la virtud de la religión. De hecho, como usted sabe muy bien, los españoles guardaron varios de los textos sagrados de los indígenas, pero lo hicieron sin sentir la necesidad de crear una síntesis nueva de religión. Los guardaron con intenciones de entender y apreciar lo que había alcanzado el espíritu humano, sin olvidar en lo que se había caído. Sin duda la enseñanza de San Pablo en su carta a los Romanos, trasmitido en gran parte en occidente por la figura de Agustín, tiene mucho que ver con esto. En este sentido el instinto de un misionero me parece más realista que el de Pico della Mirandola, así como la influencia platónica sobre Agustín fue más realista (Paulina) que la que movió a Mirandola. Un último punto: Se me hace que el sistema de sacrificio de animales, algo muy común en las religiones de forma arcaica, nunca puede ser asimilado en el Catolicismo. No digo que nunca existe la práctica en tradiciones locales, pero sí digo que lentamente la lógica de la predicación evangélica lo considera intolerable. Y este punto me parece clave: que la cristiandad, con la predicación del sacrificio perfecto en la Cruz, rinde obsoletas todas las formas arcaicas de sacrificio sangriento.
df

25 09 2009
Arturo Vasquez

df,

I think the process that you speak of has been highlighted in a previous essay of mine, found at this link. It involves the evolution of relgious complexity and the role that “atavistic” elements play even in “developed” religious systems.

25 09 2009
john harmatolos

Arturo:I have attempted to buy Lampara Bajo el Celimin from Libreria Fatima in Chile. I’ll let you know if I have any luck.

25 09 2009
john harmatolos

AMEN

24 09 2009
df

Charles Taylor (“A Secular Age”) calls this modern sweeping of the house clean of all reminders of the other worldly realities in our midst, “disenchantment.” Conversely, the enchanted universe was the universe that Christianity was born into, and well into the 19th Century popular Christian cosmologies in Europe had room for the recognition of powers at play beyond our control. Such enchanted views of the Universe remain vibrant in many parts of the world today, most notably in Latin America and Africa. Priestly mediation in Catholicism attends to this recognition, for the Church attends to the healing and elevation of nature, not its being swept away. The Reformation downplayed and largely eliminated this notion of sacral authority over the human environment of flesh, blood and spirit. Now then, broadly speaking, Taylor argues that, beginning with the reform program of Gregory VII, and including the Reformation and Counter-Reformation and beyond, Christianity has always included the elimination of superstition and magic as one of its principal aims in the evangelization of peoples. This is a point worth pondering, I would agree, with recognition of the need for subtlety and honesty. For indeed, the issue is a subtle one, and requires discernment, concerning which I offer the following observations:

Alas, without a solid metaphysics, anthropology is limited to comparative studies. Catholicism maintains its confidence in metaphysics; there is such a thing as “human nature.” Once this is admitted, the religious impulses of human societies can be contemplated as manifestations of a reality the modern world is loathe to admit, namely, that we dwell in a world of mysteries, most of which are beyond our control, death being the greatest of these, but by no means the only one. The sacrificial systems that flourished in the ancient worlds attests to this insight, as human societies, deeply aware of their precarious place in the universe, sought a way to invoke some kind of heavenly aid. For alone and unaided we are lost; even the pagans knew that. Still, I am inclined to agree with Augustine who saw the sacrificial systems of the pagans as horrific manipulations by the evil spirits of the human impulse toward true sacrifice. Catholicism preaches the Gospel so that we can avail ourselves in specific times and places, of the sanctifying effects of the True Sacrifice; freedom from the arbitrary tyranny of the hostile powers that pagan sacrifice claimed to keep at bay was precisely at the heart of the Good News announced to the nations. There is a difference, though, between the mission to sanctify matter through a sacramentality of the Church’s preaching, the Sacraments, blessings, invocations, litanies, candles and oily consecrations, and magic plain and simple. Magic is about human manipulation and control; sacramentality is about imploring divine aid here and now.

So, to my mind, the Church has no choice, she must stand between the disenchanted world and the world of enchantments unconnected to the power and aims of the Incarnation. The Church, imperfect as she is, is the bearer of this mission to both in our time. Perhaps we have not always been wise in our discerning between the healing of nature and scrubbing it beyond recognition, but in the world today there seem to be only two alternatives to Catholicism, understood in all of its sacramental splendor: either we embrace the sterility of a disenchanted world view, where poor Horatio cannot accept any reality not seen by his eyes, in his waking hours, under a microscope, or we fall prey to an unchecked enchantment, where the spirits of the air who wish us not well have their way. What is needed is discernment as we aim to extend the influence of the Incarnation, and push back the malignancies that have more than human origin. Between Christ and the corruption of human nature there is no middle ground, for wounded nature is the malignant one’s play-thing, whether we recognize this or not.
df

24 09 2009
Alice C. Linsley

Keep doing what you are doing, my friend. You render a service to many who are seeking the Truth: and finally what is this Truth? Jesus Christ, the Son of God came into the world to save sinners such as me.

24 09 2009
Sam Urfer

“Perhaps I am too subtle or too honest to be on the Internet. I can say, however, that many Catholics take great solace in what I write… So in the end, at least with some of the stuff I write, I am helping a lot of Catholics out. But I do so not by engaging the enemy “on his own terms”… but by trying to argue for Catholicism within the safe confines of its own inner logic. If we were just faithful to who we are, even in our most “pagan” elements and “man-made” traditions, I am convinced that the Gospel will shine forth in all its splendor to the point that we will not have to argue for the Truth: it will be manifest through the Church. I know this because I have seen it myself, and am confident that we don’t need to change one iota of it to make it any more convincing. It has always been my contention that few can “prove” the Truth effectively, but many, even simple people, can SHOW it.”

Amen, and hallelujah!

24 09 2009
john harmatolos

This is part of a continuing argument which has been going on at least since Augustine. If memory serves, he first tried to eliminate the refrigerium, then domesticate it ultimately giving up. Earlier this evening, I was listening to a rather magnificent home made production of the Dies Irae which is probably Exhibit A for what you were talking about above. Definitely pagan elements there, but the censors left it untouched because it carried the freight which is what so much Post Vatican II liturgy fails to do.

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